Octubre 2026
Hay vidas que parecen estar hechas de certezas. Y hay otras que se construyen a fuerza de atravesar preguntas, pérdidas, dificultades y cambios de rumbo. La de Luis Benia pertenece a estas últimas.
Comunicador, publicista, diseñador gráfico, editor y director de Más Vida, Luis lleva décadas trabajando con palabras, imágenes y contenidos. Pero detrás de esa trayectoria profesional hay una historia mucho más profunda: la de alguien que aprendió desde muy temprano que la vida puede cambiar de un momento a otro y que, aun en las circunstancias más difíciles, siempre existe la posibilidad de elegir qué hacer con aquello que nos sucede.
Quizás por eso, cuando habla de resiliencia, no lo hace desde la teoría.
La conoció desde niño.
Nació con una malformación congénita que lo llevó a atravesar alrededor de 120 internaciones y procedimientos médicos a lo largo de su infancia y adolescencia. Mientras durante la semana llevaba una vida aparentemente normal, asistía a la escuela y compartía con sus amigos, muchos fines de semana transcurrían en un sanatorio bajo los efectos de las anestesias generales.
Aquella experiencia, que durante mucho tiempo permaneció oculta detrás de una máscara de normalidad, fue formando silenciosamente su carácter.
Aprendió a vivir de a poco. A esperar. A tener paciencia. A estar presente.
Recuerda, por ejemplo, que debía masticar cada bocado muchas veces para poder alimentarse. Hoy puede mirar aquella experiencia desde otro lugar y encontrar incluso una enseñanza en ella: la imposibilidad de hacer las cosas con apuro terminó enseñándole algo que muchos buscamos durante toda la vida: estar realmente presentes en lo que hacemos.
Pero la infancia de Luis también estuvo atravesada por circunstancias familiares complejas. Las crisis económicas, quiebras empresariales de la familia con consecuencias muy duras a nivel humano, las dificultades de algunos integrantes de su entorno familiar más íntimo y la necesidad de asumir responsabilidades siendo todavía muy joven fueron -como el acompañamiento en los primeros años de vida de su sobrino Matías- dejando nuevas facetas de una personalidad que, con el tiempo, aprendería a mirar su historia con otros ojos.
Durante años, sin embargo, Luis hizo lo que tantas personas hacen: siguió adelante.
Estudió, trabajó, construyó una carrera y se convirtió en comunicador, publicista y diseñador. Durante muchos años produjo revistas vinculadas a empresas, instituciones y clubes. Era bueno en lo que hacía, pero en algún punto comenzó a sentir que esas actividades ya no lo representaban completamente.
La pregunta todavía no tenía forma, pero estaba ahí.
¿Para qué?
Quince años atrás, la vida se encargó de hacerla imposible de ignorar.
Su sobrino Matías, de apenas 20 años, sufrió un accidente mientras andaba en skate y quedó en coma. Luis tenía con él un vínculo particularmente profundo: había sido, desde pequeño, casi como un hijo.
Durante ocho días, mientras Matías permanecía internado, el mundo pareció detenerse.
Y en ese tiempo de incertidumbre, dolor y espera, “a veces la vida nos lleva por caminos que nunca hubiéramos imaginado y, en medio de ellos, descubrimos nuestro para qué, nuestro Ikigai, aquello que le da verdadero sentido a nuestra existencia. Así nació mi propósito de vida. Por eso, siento un agradecimiento eterno hacia Matías, porque, aunque su partida física fue una ausencia inmensa, también fue el comienzo de una transformación profunda en mí. Su paso por mi vida cambió mi rumbo para siempre y me ayudó a descubrir un sentido nuevo para el cual vivir”.
Algo comenzó a ordenarse dentro de Luis. Poco antes del accidente había concebido un proyecto: una revista dirigida a adultos mayores. Pero esta vez no quería hacer otra publicación basada en el éxito, el dinero o el reconocimiento. Quería crear contenidos que hablaran de otra manera de vivir, de valorar lo cotidiano, de encontrar sentido más allá de los mandatos sociales.
El nombre ya estaba elegido.
Más Vida.
Lo había registrado apenas quince días antes del accidente junto a su sobrino.
Durante aquellos ocho días junto a Matías, Mas Vida adquirió para él un significado completamente diferente.
Más Vida no como una promesa de que nada malo sucedería.
Más Vida como una decisión.
Como una manera de mirar.
Como una invitación a preguntarse qué hacemos con el tiempo que tenemos.
Matías murió el 24 de octubre de 2011.
Dos meses después, el 24 de diciembre, Luis puso en la calle el primer número de Más Vida.
No fue un comienzo sencillo. Cuando quienes lo contrataban supieron que iba a lanzar la revista, perdió su trabajo. De un momento para otro quedó sin aquella fuente de ingresos y tuvo que sostener un proyecto que todavía no sabía hacia dónde lo llevaría.
Durante dos años atravesó dificultades económicas, mientras intentaba mantener viva la revista y criar a sus tres hijos. En el camino también terminó su matrimonio.
Sin embargo, Luis eligió interpretar aquellas pérdidas desde otro lugar.
No como señales de que debía abandonar, sino como la posibilidad de construir una vida diferente.

Él lo expresa con una convicción que atraviesa toda su historia: “yo siento que en la vida hay situaciones extremas en donde uno tiene la posibilidad de elegir qué hace con las mismas. Nosotros somos el resultado de una cantidad infinita de elecciones … la vida no es lo que te pasa, sino qué haces con lo que te pasa, o sea, ¿qué acción tenés con respecto a lo que la vida te está mostrando? Y el gran punto de todo esto es aceptar, es aceptar que las cosas suceden y son.”
Con el tiempo, Más Vida dejó de ser solamente una revista.
Se convirtió en una extensión de su propia transformación.
Luis comenzó a profundizar su camino de autoconocimiento y espiritualidad. Estudió Kábala hermética, Tarot Evolutivo y biodecodificación, entre otras disciplinas. Encontró maestros y personas que fueron acompañando diferentes momentos de su recorrido. Y, sobre todo, descubrió que el aprendizaje más importante estaba en conocerse a sí mismo.
También descubrió algo que hoy considera central: no se puede ayudar verdaderamente a otros si uno no empieza por trabajar consigo mismo.
En ese proceso, la vulnerabilidad dejó de ser algo que debía esconder.
Aquello que durante años había intentado ocultar para sentirse parte, aquello que lo hacía sentirse diferente, comenzó a transformarse en una fuente de fortaleza.
Luis entendió que su historia no tenía por qué ser una carga.
Podía convertirse en experiencia.
Y la experiencia, compartida con otros, podía convertirse en propósito.
Por eso Más Vida terminó siendo, como él mismo la define, “un pedazo de mi corazón con forma de letras y muchos colores”.
Quince años después, esa frase resume mucho más que una revista. Resume una manera de estar en el mundo.
Una manera que también se refleja en su vida cotidiana.
Luis ya no empieza a trabajar temprano, como lo hacía durante años. Su día comienza de otra manera: desayuna saludablemente, hace ejercicio, camina por la playa y recién después comienza su jornada laboral. No se trata simplemente de cambiar horarios. Se trata de haber comprendido que el tiempo también necesita ser habitado.
Que descansar no es perder tiempo.
Que caminar puede ser parte del trabajo interior.
Que estar solo no necesariamente significa estar en soledad.
Y que muchas veces la verdadera productividad aparece cuando dejamos de vivir permanentemente apurados, y del “entusiasmo de ver la persona en la que te vas convirtiendo todos los días.” “Porque a veces no es importante el lugar donde se llega, sino la persona en la que te vas convirtiendo en ese proceso.”
La mirada de Luis sobre los vínculos también evolucionó.
A medida que una persona transforma su nivel de conciencia, dice, también puede cambiar la conversación con quienes la rodean. Algunas personas llegan, otras se alejan y otras permanecen, aunque desde lugares diferentes.
Luis aprendió a aceptar esa diversidad.
Con algunos puede hablar de espiritualidad; con otros, de fútbol.
Y está bien.
Porque crecer no significa necesariamente abandonar a quienes no recorren el mismo camino. También significa aprender a respetar que cada persona tiene su propio proceso.
Quizás uno de los mayores aprendizajes de Luis sea precisamente ese: no hace falta cambiar el mundo entero, “con que impactes en tu entorno ya está”.
Alcanza con transformar el propio entorno.
Una conversación.
Una escucha.
Una pregunta.
Un gesto.
Un contenido que haga pensar.
Una persona que, después de leer una revista, se quede unos minutos preguntándose algo sobre su propia vida.
Para Luis, eso ya es suficiente.
Su propósito no está separado de su profesión. Al contrario: encontró la manera de poner su don al servicio de algo que considera mayor que él mismo.
Comunicar.
Inspirar.
Generar conciencia.
Conectar personas e ideas.
Y, sobre todo, recordar que detrás de cada historia hay un ser humano atravesando su propio camino.
Por eso, cuando habla de felicidad, tampoco la plantea como un estado permanente.
Sabe que hay dolor, pérdidas, incertidumbre y momentos difíciles.
La diferencia está en construir una base interior suficientemente sólida para atravesarlos.
No se trata de no caer.
Se trata de aprender a levantarse.
No se trata de evitar las tormentas.
Se trata de recordar que también pasan.
“Es siempre ver lo bueno aunque esté pasando por una situación desagradable, preguntarme qué es lo que toca aprender de eso. … Ganas de vivir y de poner la importancia en lo que realmente tiene que ser importante. San Agustín tiene una frase maravillosa que dice: «Para vivir necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco». … llega un momento en donde las cosas materiales dejan de tener tanta importancia y lo realmente medular es ¿quién sos? ¿A qué viniste? ¿Qué tenés que darle a los demás? Una de las fuentes principales de la felicidad es el dar a los demás, estoy convenvido de eso.”
Y quizás por eso hoy Luis habla tanto de gratitud.
Gratitud por sus tres hijos, por los vínculos que pudo reconstruir, por las personas que encontró en el camino, por sus maestros, por su trabajo y por la posibilidad de seguir haciendo Más Vida.
Incluso por aquello que alguna vez le dolió.
Porque con el tiempo aprendió que algunas de las experiencias que primero interpretamos como pérdidas pueden convertirse en verdaderas transformaciones.
No porque el dolor deje de ser dolor.
Sino porque podemos elegir qué hacemos con él.
Porque, al mirar hacia atrás, Luis pudo descubrir algo que quizás solo el tiempo, la vida y sus propias experiencias podían enseñarle: que incluso los caminos que no elegimos pueden conducirnos a descubrir quiénes somos y para qué estamos aquí.

Hoy tiene una certeza que desea compartir con los demás:
“Todos tenemos un don. El desafío es descubrirlo, reconocerlo y animarnos a ponerlo al servicio de los demás. Yo tuve la suerte de descubrir que mi don es comunicar, y la enorme felicidad de poder hacerlo para contribuir al bien común. Cuando uno encuentra ese para qué, algo cambia por dentro. Se siente pleno, siente que está donde tiene que estar. Y esa búsqueda interior, ese encuentro con lo que uno vino a dar, es maravilloso”.
Quizás de eso se trate la vida: de descubrir aquello que nos hace únicos y encontrar la manera de compartirlo con el mundo.
Luis encontró en la comunicación una forma de servir, en Más Vida un propósito y en cada historia compartida una oportunidad de sembrar algo bueno en los demás.
Y en ese camino, Matías sigue teniendo un lugar y siguen comunicándose de variadas formas. Porque hay presencias que trascienden el tiempo y ausencias que, aun sin dejar de serlo, nos transforman para siempre. Algunas personas siguen acompañándonos en aquello que hacemos, en lo que elegimos y en el sentido que le damos a nuestra vida.
Tal vez por eso, después de tantos años, Luis sigue creando, comunicando y buscando nuevas formas de llevar luz a los demás.
Porque cuando uno descubre su don y lo pone al servicio de la vida, ese don deja de ser solamente propio: se convierte en algo que puede transformar a otros.
Y quizás ahí esté lo más maravilloso de encontrar nuestro propósito: descubrir que aquello que vinimos a dar también puede convertirse en una manera de honrar la vida, de mantener vivo el amor y de hacer que nuestra propia existencia tenga sentido en la de los demás.
Porque, al final, cuando Luis piensa en la huella que desea dejar en este mundo, hay una pregunta que cobra un significado especial, mucho más íntimo y profundo: ¿cómo quiero que me recuerden mis hijos cuando ya no esté?
Y quizás la respuesta no esté en todo lo que haya logrado, ni en las cosas que haya construido, sino en lo que haya sido capaz de sembrar en ellos y en los demás: amor, valores, sensibilidad y la convicción de que la vida cobra un sentido aún más profundo cuando ponemos lo mejor de nosotros al servicio de los demás.
Que su paso por la vida haya dejado un poquito más de luz en el corazón de quienes lo conocieron.

